Saramago: Varios universos para salvar el nuestro (Ensayo)

  • Narrativa

Hay escritores que cuando se leen, dan la sensación de que susurraran cosas al oído; otros en cambio parecen removernos. Pero existen quienes hacen las dos acciones al tiempo, como José Saramago, el mismo que nos dijo: “Las palabras son sólo piedras atravesando la corriente de un río; si están allí, es para que podamos llegar a la otra margen, la otra margen es la que importa”.

 

Escritores como Saramago nos retan, nos lanzan al vacío, a la incertidumbre, nos arrastran a lo desconocido. Sus palabras significan más que piedras para cruzar el río; están allí para que tropecemos con ellas y nos detengamos a pensar: un ejercicio que en estos tiempos parece muerto. “Abandonamos nuestra responsabilidad de pensar, de actuar”, advertía.

 

El 18 de junio de 2010, no sólo se nos fue el escritor; se fue una voz viva, críticaque tomaba posiciones en un mundo donde a pocos les interesa tomar posiciones, sobre todo cuando estas van en contravía de formas y comportamientos establecidos. Saramago sabía alzar la voz y siempre estuvo allí con el tono exacto para revelarnos su desencanto, su pesimismo muy personal e íntimo.

 

El pesimismo para él era un estado soberano de inconformismo que reconocía al mundo como un espacio rajado, herido, pero que al mismo tiempo quería transformar, salvar. A los optimistas los consideraba personas cómodas, sin intención de actuar, que cierran los ojos para no verse caer, que tapan los espejos para no sorprenderse invisibles e inexistentes. Saramago lo formuló así: “No puedo cerrarme, porque hay que recordar que la misma alambrada que impedirá al mundo entrar, me impedirá a mí salir”.

 

Dejar que el mundo entre no significa encender el televisor o abrir el diario, significa conocer y reconocer mi soledad, la soledad de los otros y la soledad de todos, y entender que tengo que salir de la isla para saber quién soy: “¿Si no sabemos ni siquiera quiénes somos, cómo vamos a saber quién es el otro?”.

 

El escritor portugués nos ofreció mundos que retaban al nuestro, realidades que parecían señalarlo, transgredirlo. En su obra lo aparentemente establecido toma otra forma, se desdobla, muestra su otra cara. En esa manera de contar lo aparentemente imposible se hallaba su genialidad; en esos mundos inexistentes donde nos ponía a caminar, terminábamos identificando nuestra propia realidad, una realidad que él lograba desnudar. Labor que debería emprender todo artista: mostrar aquello que no se ve o que no estamos interesados en ver.

 

En Ensayo sobre la ceguera, inventó un mundo de ciegos, lo que no es absurdo. ¿O acaso nuestro mundo no está plagado de gente que tiene los ojos abiertos pero no quiere mirar? En Las intermitencias de la muerte imaginó un mundo donde esta se toma un descanso… ¿Era un cuadro halado de los cabellos? ¿Acaso nuestra sociedad no se inventa muchas formas de escamotearla y maquillarla, pero ella siempre encuentra la manera de resucitar? Puede desaparecer literalmente la muerte, pero sus formas quedan: sus enfermedades, sus plagas y sus eternos moribundos hacinados en las ciudades. En Ensayo sobre la lucidez concibió un pueblo donde todos, hastiados, votan en blanco… El 26 de octubre de 2003 en Susa, Cundinamarca, ocurrió eso mismo; también en Bello, Antioquia.

 

En La caverna recreó un lugar artificial que suprime lo natural y donde la gente se acumula y se multiplica como sombras, un mundo donde el símbolo es la imagen y lo único que se compra es la imagen. Tomó un centro comercial para nombrar los espacios del nuevo mundo. “Allí se aprende ahora a vivir […]. No es, al contrario de lo que se cree, un lugar donde uno simplemente entra a comprar lo que necesita”. ¿Nos suena familiar? Los centros comerciales son ahora lugares sacralizados, a los cuales se les otorga más importancia en las ciudades que a los parques y a otros lugares públicos. ¿Acaso no es cierto que vivimos actualmente como encerrados, indiferentes al mundo real, en una especie de caverna hostil y homogenizante donde es casi imposible la identidad y la posibilidad de ser nosotros mismos?  Saramago lo escribió en un texto titulado "Desencanto": “El centro comercial es el símbolo de este nuevo mundo”.

 

Estos mundos ficticios son simplemente una muestra de los tantos universos de Saramago y de los tantos universos que pueblan el nuestro. Aunque el autor haya muerto, sus creaciones siguen ahí esperando que las abramos.

 

Hasta el último momento tuvo la certeza de que “todo tiene que morir, pero hay gente que, mientras vive, tiende a construir su propia felicidad, y esos son eliminados. Pierden la batalla por la supervivencia, no soportan vivir según las reglas del sistema. Se van como vencidos, pero con la dignidad intacta, simplemente diciendo que se retiran porque no quieren este mundo”.

 

A Saramago le apasionaba este mundo, por eso lo retaba a cada momento y lo obligaba, a través de su escritura, a indignarse y a cuestionarse. El autor de El evangelio según Jesucristo se fue con la dignidad intacta. No se fue vencido.

 


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