La paradoja de la poesía (Ensayo)

  • Narrativa

[…] Cada poema contiene muchos significados contrarios o dispares, 

a los que abarca o reconcilia sin suprimirlos. 

Octavio Paz

 

El poema es un territorio tan soberano que se hace impenetrable hasta para quien lo escribe. Su cuerpo no puede cerrarse, la libertad es su sentido genuino. Jamás se termina. Se prolonga en los ojos del otro. Su realidad no es la que muestra, sino la que invita a ver.

 

Su escritura es el lugar del silencio; y el silencio, según el poeta Jaime García Maffla, representa lo no dicho, pero también encarna aquello que no puede decirse. En este sentido, el poema configura un viaje a la incertidumbre: quien escribe nunca sabe qué va pasar. En su camino es posible la vida, el naufragio e incluso, la muerte del tiempo que al poeta le fue imposible nombrar. Si la mortalidad rodea al poema se debe saber que el único camino de vuelta a la vida es él. Es un territorio devastado que solo puede renacer en sí mismo. Una región-mito porque significa un regreso a la condición genuina del lenguaje, a su raíz sobrenatural y mágica. Toda metáfora es un mito pequeño, decía el filósofo italiano Giambattista Vico.

 

El mito es imagen primigenia, y es a partir de la imagen desde donde el poema traza su camino. Ella es tan soberana como él. Es otro ser dentro del ser del poema. Se explica a partir de su propio ritmo, de su propio desafío. Entre más rompa la imagen con el tiempo subalterno, con el tiempo de los relojes, más imagen será. Por ello, su realidad puede ser inverosímil a los ojos de nuestro tiempo pero cierta al otro que no se ve. Muy bien lo recordó Gaston Bachelard: “Si una imagen ocasional no determina una provisión de imágenes aberrantes, una explosión de imágenes, no hay imaginación”.

 

La imagen habita el poema como territorio vivo y muchas veces lo abandona y lo deja huérfano de poesía. Desde ella el autor cuestiona, se contradice, propone otra dimensión del universo, crea nuevas resonancias y, a su vez, deforma las imágenes establecidas para sobrepasar la realidad. En ese sentido la imaginación es un acto de desobediencia, es una apuesta a trasgredir lo que se ve y el orden de las cosas. La imagen poética recuerda lo ausente, lo que perdimos, el revés del mundo que habitamos.

 

Desde la escritura el poeta desobedece todo el tiempo la realidad concreta que se le impone. Pero la poesía también lo trasgrede y lo divide, entre el ser que escribe y el espíritu que habita la obra. Es un mundo que se enfrenta a uno distinto que viene cargado de palabras y símbolos. Es así como se convierte en un ser dual. Dos mitades hablando desde lugares opuestos. En el diálogo de esas dos dimensiones el poeta descubre la poesía.

 

El poema es vínculo, puente entre lo ideal y lo real. El escritor representa, en este caso, una de las mitades perdidas del mito andrógino; y busca, afanosamente, conectarse con el estado espiritual del universo que lo habita. La poesía es el camino para hallar la otra mitad que le falta, la única posibilidad que posee de recuperar su antigua unidad con el mundo. Escribe para que esa distancia que lo separa de él no sea definitiva e inalcanzable, para confirmar que esa dualidad mundo-palabra corresponda a un mismo viaje configurado en una sola realidad.

 

Pero resulta que la palabra es muchas veces una pared para dialogar con el mundo, rocas atravesadas en el camino que impiden moverse hacia él. Aún así, la palabra parece ser el único sendero que tiene el escritor para aproximarse al interior de su realidad. Él desea acercarse con el mismo recurso que le impide llegar.

 

El poeta sabe que no existen palabras fáciles. Tiene que ganárselas en un terreno de lucha, que sobre la misma hoja en blanco, debe conquistar el derecho a poseerlas y escribirlas. Como lo señaló el autor español Jordi Doce: “En su forcejeo con el poeta, las palabras terminan imponiendo sus propias condiciones. Es decir, utilizan al poeta para alcanzar ese estado de pureza y coherencia al que todo lenguaje aspira y que solo encuentra en el poema. […] El poeta lucha con las palabras para adueñarse de ellas, pero también para convertirse en su esclavo y en un vehículo del lenguaje: gobierna y es gobernado”.

 

Aquí está una de las grandes paradojas de la poesía. La condición fatal de la escritura poética.

 

En esa paradoja al poeta no le queda más que rehacer la distancia entre la palabra y el mundo. Tendrá que separar el poema de sí mismo para lograr la poesía. Destruir gran parte él. Y destruir en este ejercicio poético significa abrir, abrir el poema de forma gradual hasta ver cómo él camina hacia la poesía. Lo que quiere decir también que el poeta tendrá que separarse de él, destruirse, morir para renacer en el poema. Es en ese momento cuando el escritor cruza una frontera, que es él mismo; y al cruzarla, vislumbra un nuevo territorio, un dominio inexplorado que le revela cuánto lo separa y lo une al mundo. En ese escenario busca una realidad, pero buscar también significa perder, entonces el acto de la escritura poética no termina siendo una búsqueda, sino un extravío permanente. Una manera de estar y desaparecer.


Volver